Niña
escondida durante un bombardeo
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Esto
le ocurrió a la comunidad hace ya años, cuando nosotros todavía no sabíamos
vivir bien debajo de la selva. Acabábamos de salir las poblaciones de
nuestros lugares a protegernos debajo de la montaña por la represión
del ejército y todavía no tenemos experiencia, no sabemos aún controlar
la selva. En ese tiempo, las comunidades sufrían mucho y el miedo grande
agarraba siempre al miedo chiquito. Vivía ya la población en comunidad,
eso sí, y todo lo disponemos colectivamente porque sólo así podemos
aguantar y protegernos del ejército. A cada tarde, hacemos nuestra reunión
para disponer colectivamente nuestro trabajo y nuestra vigilancia. Disponemos,
pues, quiénes son los que van a salir a trabajar y a dónde, así como
quiénes son los que van a vigilar y a dónde.
Empezamos, entonces, por ese tiempo a reflexionar que nosotros que estamos
acostumbrados de poner nuestra seña en cualquier cosa que hay, todavía
no tenemos una sena para nuestra propia comunidad. Estamos platicando
que así no sirve y que de este modo a lo mejor se entra el ejército
y, como no tenemos sena, tal vez confiamos pensando que son hermanos
los que vienen. De este modo, decimos, estamos en peligro, podemos equivocarnos
y se puede perder la comunidad.
Propusimos, entonces, entre la poblaci6n, que mejor busquemos nuestra
seña. Está bien, dijo la población, y entre todos escogimos por seña
para nosotros la palabra "tacuaz". El tacuaz o tacuacín es un animalito
del monte que se roba nuestra gallina y por eso pensamos que su nombre
es fácil para las gentes de recordar. Buscamos después la contraseña
y la población dijo: "la contraseña es 'agárrenle, agárrenle'." Así
se puso clara toda la comunidad y, como ya tienen su seña, toda la población
se quedó tranquila.
Al otro día temprano salió nuestra vigilancia para controlar los caminos
y los movimientos del ejercito, es decir, para ver si el ejército se
entra o no se entra en nuestro lugar. Habíamos nombrado, pues, dos vigilancias,
una que camina y la otra que se está fija en un punto, pero a media
mañana se encontraron por casualidad en la mitad de la selva. La vigilancia
que camina sintió que hay gente escondida entre el monte. A lo mejor
son los ejércitos, se dijeron, mejor pidamos seña y luego gritaron:
"seña, seña, seña".
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Está
en la vigilancia fija un hermano que tenía un su poco de miedo y luego
contestó: "tacuaz, tacuaz, tacuaz". Y, rápido, pidió él la contraseña:
"contraseña, contraseña, contraseña"dijo él. Los que venían gritaron
luego: "agárrenle, agárrenle, agárrenle". Entonces, cuando sintió el
hermano, debido a su propio miedo, olvidó todo y cuando oyó "agárrenle,
agárrenle", pensó que era el ejército y salió tronando por la selva.
Corría y decía: "hijo de puta, el ejército viene", decía él.
Salió, pues, corriendo el hermano por el monte, con su miedo chiquito
y luego, luego, llegó en nuestra comunidad. Entró gritando y decía él:
"emergencia, emergencia, que viene el ejército, que quieren prenderme,
que gritaron 'agárrenle, agárrenle'." Se alarmó, pues, toda la población,
se preparó de inmediato y salimos corriendo entre la selva. Salimos
ordenadamente, pero asustados y con mucho temor pues el ejército estaba
cerca y por caer sobre nuestra comunidad. Llevábamos mis cositas, nuestros
animalitos y cargábamos los niños chiquitos, los ancianos y las mujeres
embarazadas que no pueden caminar. Cuando la otra vigilancia miró que
ya la comunidad salió corriendo lejos y que el miedo grande había agarrado
ya al miedo chiquito, salió también él corriendo atrás de nosotros hasta
que, como de una hora de camino, nos alcanzó gritando: "esperen, esperen,
no es ejército viene, nuestra seña es". Cuando la comunidad comprendió
su confusión, empezaron a reírse las mujeres, los niños y luego los
hombres también. Reímos todos fuerte, pero que bien fuerte, porque por
el gran temor equivocamos nuestra propia seña decidida colectivamente
en reunión.
Entendió, entonces, la comunidad su propio error de que la seña escogida
era fácil, pero más que fácil no era buena, porque era seña que traía
confusión. Entendió también que hasta el colectivo, cuando no tiene
experiencia, puede equivocarse y que, por tanto, la población jamás
debe confiarse, abandonando ante el enemigo su propia precaución. Todo
esto aprendió la comunidad en ese día y así miró ésta que el miedo chiquito
luego desata el miedo grande, y que al fin el miedo grande al chiquito
alcanza.
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