L U G A R E S     S A G R A D O S


Los Lugares Sagrados Durante el siglo XIX, el santuario de Juil, situado al norte del Chajul, era central en el sistema calendárico. Era lugar de peregrinación para adivinos, sacerdotes, curanderos y gente del pueblo, no sólo de las tres áreas dialectales de la región Ixil, sino también de áreas idiomáticas contiguas. Los Ixiles dicen que Aanhel Juil es el que mantiene unido al mundo." Evidentemente tiene una larga tradición, pues se encuentra construido sobre un sitio arqueológico. Desde el exterior, el santuario parece una casa Ixil ordinaria. En el interior, en un extremo puede verse un largo altar con cruces, que va de una pared a la otra. Se visita Juil en ocasiones especiales como el Año Nuevo Ixil y el segundo Viernes de Cuaresma, cuando algunos de los peregrinos que van a visitar al Cristo del Gólgota en la iglesia de Chajul hacen el viaje extra, de varias horas, para ir a Juil. (...)


Reconstitución del Sitio de Juil

El siguiente relato es un fragmento de notas escritas el 4 de marzo de 1966, en ocasión del primer viaje que hicimos a Juil durante el período de las peregrinaciones a Chajul (B. Colby, notas de campo, 1966): Cuando llegamos a la capilla… nos invitaron a pasar y nos sentamos en el momento en que entraban dos hombres de Chiul (junto al camino, precisamente antes de entrar a la región Ixil) y una pareja de Chajul, que se acomodaron alrededor de una segunda hoguera. De los tres hombres de Cotzal, dos de ellos era expertos en el calendario, Miguel Mendoza Velásquez, del Cantón Pexla, y Diego Ostuma Pacheco del Cantón Santa Avelina. Los dos hablaban buen español, y Mendoza, de unos cincuenta años, me dijo que en las casas se hacían sacrificios de gallinas, ganado o cualquier cosa. Cuando le pregunté qué hacían con la sangre, me dijo que los antepasados solían echar la sangre en el incienso que se estaba quemando y que esto tenía el poder de suprimir las enfermedades si estaba efectuándose una ceremonia de curación, pero que ahora ya no se hace esto. La capilla era una gran casa rectangular, de adobe, con grandes aleros colgantes por los que podía salir el humo de las fogatas y el incienso. Dentro, había un gran altar que corría a todo lo largo de la habitación, de 1.20 metros de profundidad (de atrás a adelante). Había ocho cruces de madera y una cruz de piedra, a la que le faltaba la parte superior. Trajeron la cruz de piedra hace unos nueve años, de Quetzaltenango; las cruces de madera sólo tenían uno o dos años porque los catequistas (conversos al catolicismo moderno, y miembros activos de la Acción Católica) habían quemado las cruces que estaban antes.


Cristo del Calvario de Nebaj

Las cruces estaban adornadas con flores, como siempre; por todas partes había semillas, así como grupos de velas e incienso. Cuando empezó la plegaria por el Año Nuevo, en cierto punto uno de los cotzales cantó, leyendo de un libro de himnos católicos. La atmósfera de la casa o capilla era muy tranquila. Cuando volví a preguntar por la falta de gente en víspera del Año Nuevo, me dijeron que por causa de las romedias no habría ninguna gran celebración en la capilla hasta veinte días después, cuando vendría una marimba y el padre diría misa en la capilla por los alcaldes de las aldeas, las autoridades no ladinas de Chajul y de otros lugares de la Zona Ixil (esto nunca ocurrió, en realidad). Algo ocurriría cada veinte días (El día Chee que es el alcalde entrante de este año que empezó en 6 Chee según ellos. Cuando les pregunté como sabían cuándo empezaba el Año Nuevo, me dijeron que cuando cierta estrella se hundía detrás del horizonte, entonces era el Año Nuevo. Otro método, del que no estaban seguros, era el de las Pléyades (a las que llaman "las Siete Marías"). Cuando está nublado, esperan hasta que el primer gallo cante. Varios gallos cantaron cerca de las 11 p.m. Encendieron la radio para saber qué hora era y verificaron con mi reloj. Dijeron que no empezarían, que el Año Nuevo comenzaba a media noche. Mientras tanto estaban orando al último del año viejo. Por entonces no se me ocurrió preguntar si quería decir el día antes de que entrara el O'q'ii (período de cinco días, de fin de año), o no. Por último, a la media noche, les enseñe mi reloj y dijeron que el nuevo día había entrado, pero que no podía empezar el rito hasta que el gallo cantara. Mientras tanto, la conversación continuaba entre los dos grupos que se calentaban al fuego. Antes, en nuestro grupo la conversación estuvo dominada por Anai (el chajul que me acompañó), y después por Mendoza. En distintos momentos, los que no estaban orando dormitaban o charlaban. Antes, la gente que estaba en torno a los fuegos había comido. Me ofrecieron una gran pila de tortillas, con una baqueta. Me volví hacia Anai, intentando dividirla entre nosotros tres, ofreciéndole el pollo, pero él no me comprendió, y aceptó toda la pila. (En este error de mi parte, comprendí que no se pasa la comida para que cada quien escoja, sino se pasan porciones individuales). Sin embargo, después me dieron café de chile de ambas hogueras. La gente de los dos grupos iba mezclándose más al transcurrir la noche.

En un segundo viaje a Juil, perdimos la oportunidad de ver una multitud mucho mayor, porque llegamos después del amanecer. Nunca tuvimos la oportunidad de observar una ceremonia del fin de 260 días, pero parece que había menos asistencia para las ceremonias calendáricas de Juil a finales de los sesentas y durante los cuarentas, cuando Lincoln hizo sus viajes (Lincoln, 1945). Probablemente ha habido también una baja en el número de contadores de los días entre Ixiles (aunque no pudieron recabarse pruebas tangibles, aparte de la opinión de nuestros informantes), ya que la proporción de rezadores o curanderos acaso sea la misma.

 

Fuentes:
Texto: N. Colby, Benjamín, y Lore M. C. Colby. "El Contador De Los Días." pp 56-59. Pub. Harward University Press. D. F. 1981.
Ilustraciones: P. Huwart, T. Proskouriakoff


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